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En una ciudad llamada San Juan
René Marqués
Las campanas de San Agustín sonaron nítidas bajo la noche adormecida de estrellas: las tres de la madrugada. Le dio un tirón a los faldones de la chaqueta, respiró hondo y miró al cielo. A sus espaldas languidecía el cornetín del combo en el Palladium...
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Don Goyito
Abelardo Díaz Alfaro
¡Pobre don Goyito!… ¡Cómo se me ha calado hasta los huesos ese campesino paliducho de mi barrio Yaurel! Cada palabra que brota de mis labios es para él un templo de verdades...
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El padre de Schrödinger
José Borges
Con tan solo una oración, estoy a punto de arruinarle la vida a mi esposa. Mientras, la niña juega con ella. Corren por el patio debido a una extraña partida de escondite.
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En la popa hay un cuerpo reclinado
René Marqués
A pesar del sol inmisericorde, los ojos se mantenían muy abiertos. Las pupilas, ahora, con esta luz filosa, adquirían una transparencia de miel. La nariz, proyectada al cielo, y el cuello en tensión, parecían modelados en cera: ese blanco cremoso de la cera, esa luminosidad mate del panal convertido en cirio...
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Don Fruto Torres
Abelardo Díaz Alfaro
"Allí me hice hombre: jaleo de negro esclavo uncido al atavismo de la Central, vidas ancladas al surco, miseria, y más miseria que templaron mi alma en el tráfago de las injusticias sociales..."
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Bagazo
Abelardo Díaz Alfaro
"Silba el cañaveral en flauta de guajanas su pena añeja. Y a través del tiempo, de la distancia, le parece escuchar la voz feble del difunto Simón: “Mi jijo, malo es ser pobre y negro, nunca semos niños, se nos ñama negritos”."
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Conseja
Emilio S. Belaval
El cuplé de la pulguita empezó a labrar la desgracia del buen hospedero. Cada noche la moza se subía más la falda en busca de la mimosa pulguita y crecía el ardor del corralón de la Caleta. En nombre de la moral cristiana, el coadjutor solicitó el desalojo de la cupletista...
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Capataz buena persona, montado en caballo blanco
Emilio S. Belaval
Quirincho Morales nació tan paciente, que la paciencia le chorreaba por el cuerpo como una mantequita. Sus coterráneos en ese limbo telúrico que forma el caraveral —jíbaros¹ lijosos, con cuatro callos de misterio en la conciencia, por cuya somnolencia de encuclillados no se atrevía a pasar una ardilla—, se mofaban constantemente de la falta de astucia que tenía Quirincho para luchar con la caña...

Alegoría
Emilio S. Belaval
Hacía tres meses, un barco español había dejado al infortunado Fernando de Almagro, a merced de unos parientes. Un avispillas del consignatario lo hizo remontar la cuesta que flota sobre el Jardín Botánico, y al llegar al miradero, le advirtió:...

La viuda del manto prieto
Emilio S. Belaval
Por la noche, la viuda del manto prieto arropaba el cañaveral del barrio con sus tocas harapientas. ¡Condená! Tenía los ojos llenos de ceniza, la boca llagada y unas manos huesudas que no se acababan de morir...
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El asedio
Emilio Díaz Valcárcel
Una familia normal y feliz, pensó apoyada sobre el volante. Un padre gordo y de apariencia próspera, recién afeitado, una bella pareja de niños, y una madre que alcanza ya los treinta años, mofletuda, satisfecha como toda mujer que siente colmados sus instintos cardinales...

La candelaria de Juan Candelario
Emilio S. Belaval
Cuando hubo entregado su última carga, Juan Candelario se sentó una noche, frente a su bohío, a seguirle la lucecita a un cubano para ver si se le ocurría algo. La mujer, adivinando la desazón de su hombre, se le sentó al lado, por si acaso le daba a otro cubano por volar cerca del primero...